Velarde Fuentes, Juan. La Búsqueda De Una Explicación De La

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Revista Hispanoamericana.  Publicación digital de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras. 2011, nº 1      ARTÍCULOS LA BÚSQUEDA DE UNA EXPLICACIÓN DE LA RUPTURA CON AMÉRICA DESDE LA ECONOMÍA Dr. Juan Velarde Fuertes Real Academia de Ciencias Morales y Políticas Resumen: El economista español Álvaro Flórez Estrada se alarma ante las consecuencias que puede generar la ruptura, a partir de 1810, entre América y España. Observa que Gran Bretaña es aliada de España contra Napoleón, pero simultáneamente, apoya a los recién alzados hispanoamericanos frente a la metrópoli. De ahí que se traslade a Londres y logre publicar allí, en inglés, su Examen imparcial de las disensiones de la América con España, en 1811. El examen de este texto y de otra serie de documentos permite observar de qué modo las citadas disensiones tenían una raíz económica evidente. De ahí se derivó una preocupación americanista importante en Flórez Estrada, manifestada en 1815 en su Presentación a S. M. Católica el Sr. D. Fernando VII en defensa de las Cortes. En todos esos trabajos no ahorró críticas muy duras a españoles e hispanoamericanos, para tratar de llegar a una reconciliación que entonces no se produjo. Palabras clave: Flórez Estrada, Asturias, economistas clásicos, emancipación americana, Fernando VII, Cortes de Cádiz, economía británica. Abstract: The Spanish economist Alvaro Flores Estrada is alarmed by the consequences that the break between America and Spain can generate after 1810. He observes that Great Britain is allied with Spain against Napoleon but that it simultaneously supports the new Spanish Americans opposed to the metropolis. Thus he moves to London and manages to publish, in 1811, "An impartial review of America’s dissensions with Spain”. The examination of this text and of another series of documents lets us observe in which way the mentioned dissensions had an evident economic root. From this fact an important Americanist concern stemmed in Flores Estrada, manifested in his "Presentation to His Catholic Majesty Ferdinand VII, in defence of the Parliament", published in1815. In all these works he did not avoid very strong criticisms against Spaniards and Spanish Americans in order to try to reach a reconciliation, which, at that time, did not materialize. Keywords: Flores Estrada, Asturias, classical economists, American emancipation, liberalism, Ferdinand VII, Cadiz Parliament and British economy. * * * Cuando se alzaron los Estados Unidos frente al Gobierno de Londres, Benjamin Franklin, en la etapa previa, en la que éste buscaba algún tipo de solución sin una escisión radical del mundo británico, aludía al riesgo de romper para siempre el vaso de fino cristal que era la realidad política capitaneada por el monarca inglés, porque ese vaso jamás se recompondría, con daño evidente. Por el Tratado de Versalles de 1783, ese vaso quedó roto para siempre, con todas las Cómo citar este artículo: VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía, Revista Hispanoamericana. Revista Digital de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras. 2011, nº1 Disponible en: < http://revista.raha.es/>. [Consulta: Fecha de consulta]. ISSN: 2174-0445 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía consecuencias temidas por Franklin. Pero, muy pronto, algo similar iba a suceder al Sur y Este de esta nueva realidad. El, hasta entonces, sólido conjunto de virreinatos españoles en América, que únicamente se había sentido amenazado bien por los asaltos ingleses, a veces con alianzas con corsarios desde el exterior, y desde el interior por revueltas y ataques de los descendientes de los primitivos pobladores del continente americano, comenzó a observar tensiones crecientes en la población criolla. No es posible entender lo sucedido si decidimos ignorar todo un conjunto de enlaces ideológicos y fácticos. Fundamentalmente, por la independencia norteamericana, la Revolución francesa y, finalmente, por la invasión napoleónica iniciada en 1808 en la Península, con el inicio del reinado e José I Bonaparte, con el telón de fondo de una economía española ciertamente deprimida. Piénsese que –según el cálculo de Angus Maddison- para 100’0 el PIB por habitante de España en 1600, el de Francia era de 98’6, el de Austria, de 98’1 y el de Gran Bretaña era de 114’2. Por lo tanto España tenía un nivel económico semejante al de las otras tres grandes potencias, de aquellos momentos. En cambio, en 1820, cuando la explosión del mundo iberoamericano era ya evidente, también en su PIB por habitante para 100’0 España, Francia tiene 112’6; Austria, 120’8 y Gran Bretaña. 169’2. Incluso Estados Unidos, que en 1600 tenía sólo el 46’9 del PIB por habitante de España, en 1820, había saltado al 124’7%. Esta comparación, en un momento en que los valores derivados del capitalismo liberal penetraban por todas partes –basta recordar el famoso teorema de la mano invisible de Adam Smith-, mostraba un fracaso de la política de Madrid, y en la naciente sociedad burguesa, de los virreinatos su talante crítico era evidente, y también lo fueron sus consecuencias. El mundo del liberalismo económico que se inicia con Quesnay –al que se debe la expresión del “laissez-faire”-, señala la prioridad del enriquecimiento, porque, como decía este economista, “despreciar el dinero es lo mismo que despreciar la felicidad, la libertad, los goces de todo tipo que procura”. Todo, pues, estaba enlazado, y la prueba empírica que mostraba las bondades del cambio político, al que se oponía, desde luego Fernando VII, parecía también crear un freno a la mejora económica. Y aunque entonces no existían datos macroeconómicos como los indicados Productos Brutos por habitante, bastaba abrir los ojos para observar que la riqueza española retrocedía, y que los países con realidades más liberales –Austria podía ser, parcialmente, una excepcióneran también más opulentos. Los mensajes de los ilustrados españoles del siglo XVIII comenzaron a caminar por ese sendero. Acabo de mencionar el teorema de la mano invisible de Smith, que dice exactamente: “Es cierto que, por lo general, nadie se propone fomentar el interés público, ni sabe hasta qué punto lo está fomentando... Busca únicamente su propia ganancia, y en éste, como en otros muchos casos, una mano invisible le lleva a fomentar una finalidad que no entraba en sus 2 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 propósitos... Buscando su propio interés, fomenta frecuentemente el de la sociedad con mayor eficacia que cuando se lo propone realmente. Yo nunca he visto que quienes pretendían promover con sus actividades el bien público hayan hecho muchas cosas buenas”. Esas tesis pasan a nuestro Jovellanos. Como lector asiduo de La riqueza de las naciones de Smith, lo que se comprueba al observar sus anotaciones en su Diario, había entendido muy bien ese menaje. Por eso en 1796 escribía: “Pero, ¿es posible, me decía yo, que no haya un impulso primitivo que influya generalmente en la acción de todas estas causas y que produzca su movimiento, así como la gravedad, o sea, la atracción produce todos los movimientos necesarios en la naturaleza?” Ese recuerdo a ley de la gravedad de Newton que así se equipara al teorema de la mano invisible de Adam Smith, es lo que había llevado a Jovellanos a escribir en el famoso Informe sobre la Ley Agraria, concluido el 22 de febrero de 1794, aquello que los economistas hemos citado innumerables veces: “Los celosos ministros que propusieron a V.A. -recuérdese que el Informe era de la Sociedad Económica de Madrid dirigida al Real y Supremo Consejo de Castilla que tenía tratamiento de Alteza- sus ideas y planes de reforma en el expediente de Ley Agraria, han conocido también la influencia de las leyes en la agricultura, pero pudieron equivocarse en la aplicación de este principio. No hay alguno que no exija de V.A. nuevas leyes para mejorar la agricultura, sin reflexionar que las causas de su atraso están por la mayor parte en las leyes mismas y que por consiguiente, no se debía tratar de multiplicarlas, sino de disminuirlas: no tanto de establecer leyes nuevas, como de derogar las antiguas”. Estas ideas, como todas, pasaron a tener una fuerza colosal. Recuérdense aquellas frases de Keynes cuando así concluye los últimos párrafos de su obra clave, la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero: “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que suele pensarse. En realidad, el mundo está gobernado por poco más que esto”. De otro modo no es posible entender la enorme fuerza y amplitud del movimiento secesionista americano. Pero como quien lo va a exponer de modo lúcido es Álvaro Flórez Estrada, conviene señalar, también las bases ideológicas de este economista 1 . 1 Álvaro Flórez Estrada (Pola de Somiedo, 1766-Madrid, 1853). Se trata de uno de los políticos y economistas españoles más importantes para poder explicar los hondos cambios experimentados por España, en su paso del Antiguo Régimen a una situación totalmente diferente a causa de la coincidencia de la Revolución Liberal, de la Industrial, de un notable avance científico y de los inicios de la Revolución Social. Probablemente, Flórez Estrada, de familia hidalga asturiana, recibe la influencia del mundo previo liberal a través de su padre, Martín, quizá como explica Valentín Andrés Álvarez, gracias a la lectura de libros franceses e ingleses – de Locke, Rousseau, Smith, Montesquieu, Benthamque llegaban con facilidad a los puertos asturianos, muy poco vigilados por la Inquisición. Había estudiado Álvaro Flórez Estrada Derecho en la Universidad de Oviedo. Trasladado a Madrid, 3 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía Tras haber trabajado mucho su obra, he de señalar que se trataba de un político, jurista y economista, nacido en 1760 en Asturias, en Pola de Somiedo, de familia hidalga, y fallecido en 1853, en Madrid. Había estudiado leyes en la Universidad de Oviedo. Los hidalgos asturianos que en realidad más que formar parte de una alta nobleza con amplias posesiones en realidad constituía lo que se puede denominar una clase media típica, según una hipótesis muy plausible de Valentín Andrés Álvarez, habían de pelear continuamente con los grandes nobles poseedores de numerosas propiedades que controlaban la mayor parte de los resortes políticos del Principado, así como con la Iglesia, también gran propietaria. Recibían, a través de unos puertos asturianos, muy poco vigilados por la Inquisición, y gracias a los buques que navegaban sobre todo con Inglaterra y Francia, libros que justificaban sus demandas, sus aspiraciones. Las obras de pronto es acusado de conspirar en una tertulia y desterrado a Pola de Somiedo, su lugar natal. Después, va a ir y venir continuamente a Madrid, como consecuencia del logro de puestos administrativos, que luego desaparecen, entremezclados con sus planes siderúrgicos para desarrollar una ferrería en Somiedo, que acaba por fracasar por los altos costes del transporte. Pero es en 1808 donde entra con enorme brío en la vida política e intelectual española. Primero en la Junta General del Principado, que declara la guerra a Napoleón y la paz y la alianza con Inglaterra y, cuando, tras el golpe del marqués de La Romana contra la Junta Suprema de Asturias, se traslada a Sevilla, en el ámbito de la Junta Central. Redacta entonces un texto constitucional y un ensayo de la libertad de imprenta. Marcha a Londres, en 1810, justamente cuando se inicia en Caracas y en Buenos Aires, el movimiento independentista hispanoamericano. Para lograr que no lo apoye el aliado Gobierno de Londres escribe su famoso Examen imparcial de las disensiones de la América con España en 1811. Regresa a Cádiz, vive intensamente la realidad política, sobre todo analizando cómo encajar al mundo militar en una realidad constitucional liberal. De ahí su libro Constitución política para la nación española por lo tocante a la parte militar, que Blanco Valdés ha comparado con la obra de Clausewitz. Al aproximarse la victoria contra la invasión se le encuentra ya volcado hacia la economía, con su Reglamento del crédito público y su Plan para formar la estadística de la provincia de Sevilla. Perseguido por Fernando VII desde 1814 -fue condenado a pena de muerte y confiscación de bienes-, huye a Londres, donde permanece de 1814 a 1820. Allí, no sólo influido por Locke escribirá su Representación a Fernando VII en defensa de la Constitución, sino que ampliará su conocimiento de la economía, lo que le va a conducir hacia un librecambismo decidido, que explique que en 1846, fuese el gran introductor de un conocido discípulo de David Ricardo, Cobden, cuando éste visita Madrid. Es el momento en que prácticamente encabeza la sociedad paramasónica de los comuneros, mucho más radicales que los francmasones. Naturalmente, en 1823 vuelve a exiliarse, primero en Londres y desde 1830, en París. En 1825 entra ya con una crítica de Juan Bautista Say en el ámbito de los economistas importantes, con sus Reflections on the Present Mercantile Distress, la crisis de 1825, causada sobre todo por las inversiones británicas dilapidadas por los recién independizados países hispanoamericanos. Pero aun ahí no tenía los conocimientos que adquiriría después para dar a luz su obra capital, el Curso de economía política (1828), que será para siempre la publicación básica de la Escuela clásica de economía escrita en español. A partir de ahí se multiplicaron las ediciones con añadidos, a veces tan curiosos como el de que, desde la 5ª, (1840) aceptará la postura socialista de Richard Jones, sobre la propiedad de la tierra, en debate claro con lo que sucedía con la desamortización de Mendizábal. El Curso, directa e indirectamente, es hijo de David Ricardo, y fue traducido al francés. Esa es la causa de su ingreso en 1852 en la plaza que había ocupado el famoso economista liberal Bastiat, en la Academie de Sciences Morales et Politiques de París. Las ediciones del Curso llegaron en vida de Flórez Estrada hasta la 7ª, donde agregó consideraciones sobre las consecuencias de los descubrimientos de oro en California y Australia. Como síntesis, señala su gran estudioso, el profesor Salvador Almenar, que en esa etapa final de su vida se le considera como el gran adelantado “en la defensa del librecambio en España”. 4 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 Locke, de Rousseau, se leían, y se conservaban en los caserones asturianos. De otro modo no es posible explicar ese gran predominio de asturianos en el momento en que, como dice otro asturiano, el conde de Toreno, se produce, simultáneamente, a partir de 1808, la “guerra y revolución” españolas. Una de sus consecuencias es bien conocida: la Constitución de 1812 de Cádiz. Y uno de los personajes esenciales de ese momento será precisamente Álvaro Flórez Estrada. Tomo de su mejor estudioso actual, el profesor Salvador Almenar, la noticia de que a partir de 1808 Flórez Estrada pasa a desempeñar un “importante papel... en la revolución (antifrancesa) en Asturias, y poco después en la formulación teórica del pensamiento político liberal en España... Impulsa desde junio (de 1808) la convocatoria de Cortes Generales bajo el lema “la soberanía reside siempre en el pueblo...” Apoya el “establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales directas con Gran Bretaña, lo que significan una alianza militar y aboga por la libertad de imprenta”. Pasa a Sevilla desde Asturias en 1809, e inmediatamente redacta “un proyecto de Constitución y un ensayo sobre la libertad de imprenta”. Al observar estas primeras tareas, Almenar destaca que el carácter más personal o peculiar de los escritos de Flórez es su vehemencia en la crítica del absolutismo político y del régimen social estamental, y la enérgica defensa de un sistema constitucional basado en los principios de “la seguridad, la libertad y la igualdad de condiciones”. Detrás de todo esto se encontraban los ya citados Locke y Rousseau a más de Jeremías Bentham. Pero también aparte del liberalismo político, Flórez Estrada, desde el punto de vista de la ciencia económica, es el grande hispano de la Escuela Clásica. Como también nos ha mostrado el profesor Almenar en su edición crítica del Curso de Economía Política de Flórez Estrada, que éste va a publicar en 1828 en Londres, en él son fundamentales las influencias de ese friso de colosales economistas que asentaron la Escuela Clásica nacida en Adam Smith, que en aquellos momentos eran los autores de trabajos científicos esenciales en esa ciencia. Se trata de Ricardo, de James Mill, de McCulloch, de Juan Bautista Say, de Storch, de Simonde de Sismondi, de Destutt de Tracy, y por supuesto, también son visibles en él las huellas de dos españoles: Jovellanos y Canga Argüelles. Y, aparte de Smith, también encontramos influencias de Malthus. Pero no es posible dejar a un lado su previa actitud, que indudablemente es una fundamental aproximación suya a la economía, explícita en una obra que, como señalaba Almenar, tenía como “propósito primario... demostrar que en el «sistema restrictivo», el «sistema errado de economía», basado en la «balanza de comercio» -esto es, debo puntualizar yo, en un proteccionismo exclusivista que se consagró definitivamente desde el inicio del siglo XVIII a partir del Tratado de Amiens- que era el que España había practicado internamente y en sus relaciones con Sudamérica desde el siglo XVI (se hallaba)... «la principal causa de la decadencia de la nación española» desde 5 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía entonces. Y como conclusión, que un sistema económico organizado por la libertad económica y –específicamente- por la libertad absoluta de comercio (era)... la mejor garantía para el crecimiento económico y el bienestar colectivo, tanto de españoles peninsulares como sudamericanos. El librecambio aparece, de este modo, como el eje de una política de expansión (económica) interna y de reconciliación política con América”. De aquí la importancia de su viaje a Birmingham y a Londres en 1810, esto es, desde que el general francés Bonnet ocupa Oviedo. En esa estancia inglesa aprovecha para publicar tres obras muy importantes: en Birmingham, la titulada Constitución para la nación española; en Londres, la Introducción para la historia de la Revolución de España, y en relación con aquello que comenzaba a germinar en América precisamente en 1810, lo que, en primera edición aparece en Londres, en 1811, bajo el título de Examen imparcial de las disensiones de la América con la España, de los medios de su recíproco interés y de la utilidad de los aliados de la España (Imprenta de R. Juigne, 17 Margaret Street-Cavendish Square, London 1811), con una inmediata traducción al inglés, a cargo de W. Bourdon con el título de An Impartial Examination of the Dispute between Spain and her American Colonies, a más de una síntesis en el periódico que en Londres dirigía Blanco White, titulado El Español. Jesús Prados Arrarte, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española el 28 de noviembre de 1982, titulado Don Alvaro Flórez Estrada, un español excepcional (1766-1853), sospecha que Flórez Estrada tenía, al escribir ese ensayo, encomendado buscar “un cambio favorable en la actitud del Gobierno británico frente a las tendencias independentistas de las colonias americanas”. Le parece al profesor Prados Arrarte “muy posible, pues si Inglaterra apoyaba a España en la lucha contra Napoleón, favorecía en América a los criollos contra la Madre Patria, paradoja que no comprendía don Álvaro”. En la Introducción a este Examen imparcial parece mostrarse esto de modo clarísimo, cuando en ella se lee que “el asunto de que se va a tratar no sólo interesa a España; debe interesar a todos los gobiernos conducidos por principios de justicia; debe principalmente interesar a los gobiernos que de buena fe procuren trabajar en favor de la lucha que aquélla (España) mantiene. La experiencia de los actuales males que sufre Europa, demasiado les debiera desengañar que no debe ser indiferente a ninguna nación ver tranquila la ruina de otra. Toda otra consideración sería mezquina e impolítica; su resultado será siempre el mismo que fue en todos tiempos. Sería sacrificar el mayor interés que deben defender los hombres de todos los pueblos a los celos con que todas las naciones miran la grandeza de otra, aun cuando de ninguna manera los perjudique. Ocuparse de buena fe en esta pacificación el Gobierno de la Gran Bretaña, el fiel aliado de España, sería coadyuvar en gran manera al principal objeto al que deben ceder intereses secundarios o que sólo lo pueden ser para 6 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 quien no prevé; sería cubrirse de gloria; sería manifestar que obra con sinceridad y con sabiduría, no pretendiendo conseguir a un mismo tiempo dos objetivos incompatibles, y que antepone el principal al que, o sólo lo es imaginario o si realmente lo es debe considerase muy inferior. Sería hacer ver que una política franca, cual conviene a un gobierno ilustrado, no permite que al mismo tiempo que esté auxiliando con los esfuerzos posibles a una nación que defiende su misma causa, proteja a un pueblo que justa o injustamente se emplea en un altercado opuesto a los intereses de aquella. Sería, finalmente, saber prescindir de la pasión de los celos, tan mezquina y tan genuina a todos los gobiernos, y de este modo conseguiría reunir los ánimos de los que acordes no harían otra cosa que sostener una causa que tanto honor haría a todos si la concluyesen como dicta la justicia”. Por un lado, Flórez Estrada considera que el arreglo, desde luego sería beneficioso para la Gran Bretaña en lo económico. Prácticamente cierra el Examen imparcial “haciendo una observación acerca de lo mucho que interesa a Inglaterra la amistad de la Península sólo por lo que mira a sus intereses materiales, el principal móvil que dirige en su conducta al Gobierno y a la gran masa de la nación británica. En el año 1809, a pesar de estar cerrados a los buques ingleses todos los puertos del Continente –recuérdese el denominado bloqueo continental de Napoleón-, a excepción de los de la Península, la suma de exportaciones que hizo Inglaterra, según resulta del estado oficial de sus aduanas, ascendió a la cantidad de 50.301.763 libras... cuando en el quinquenio anterior, en que tenía abiertos todos los puertos del Continente, a excepción de los de Francia y de España, sólo en el año 1806, en que se exportó más que en ningún otro, ascendió esta suma al importe de 36.527.184 libras... Es decir, España consume a Inglaterra mucho más que ninguna otra nación de Europa”. A lo que añade estos párrafos clarísimos en relación con la intencionalidad evidente ante ese doble juego británico: “Se debe advertir también que las Américas todas de la dominación española no consumen de artículos ingleses la cuarta parte que la Península. Una amistad, pues, de esta importancia exige que la Gran Bretaña, aun cuando no tenga otra consideración que el fomento de su comercio, no desconozca de tal modo sus verdaderas fronteras, que prefiera la separación de las Américas a la amistad de la Península. Además, las Américas, unidas o separadas de la metrópoli consumirán a Inglaterra sus géneros, a menos que lo impida Francia, la que solamente le podrá estorbar si domina la Península, pues ésta jamás puede dejar de ser el amigo natural de Inglaterra y el enemigo natural de Francia”. Finalmente, esta obra concluye prácticamente así con esta evolución, fundamentalmente orientada a Gran Bretaña, porque en 1810-1811 no abundaban muchos otros aliados, pues en 1809 Austria había aceptado tras la batalla de Wagram, el que ha sido calificado de “humillante” Tratado de Viena, y la 7 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía posibilidad de una compensación gracias a Rusia era, en lo económico, extraordinariamente minúscula, a pesar de las decisiones del zar en sus manifestaciones del 31 de diciembre de 1810. Prusia, en lo económico, muy poco significaba también. Flórez Estrada, en este sentido lanza este mensaje postrero: “Aliados de la gran causa de la Península: aunque una mala política os pudiese autorizar en otra situación para ver con indiferencia la guerra civil de los americanos y españoles, las circunstancias presentes exigen que con todos nuestros esfuerzos contribuyáis a apagarla, pues lo contrario es oponerse a vuestra misma conducta en auxiliar la Península; es destruir vosotros mismos con una mano lo que edificáis con la otra; es trabajar por su independencia, al mismo tiempo que contribuir a privarla de su poder. No trabajar en esta pacificación es lo mismo que cooperar directamente a promover la insurrección; es finalmente, una contradicción la más monstruosa que desdice mucho de la sabiduría de que os gloriáis. Examinad la historia de todos los tiempos y de todas las naciones, y no hallareis un sólo ejemplo de que una tuviere que arrepentirse de haber sido justa y generosa. Una alianza franca, cual debe ser la de dos naciones demasiado grandes para que se dejen arrastrar de pasiones mezquinas, pero que necesitan aun más poder del que tienen para resistir al coloso que amenaza muy de cerca la independencia de ambas, exige que sacrifiquéis a este objeto cualquier otro interés, bien o mal entendido que pueda oponerse”. Después de todo esto da la impresión de que Prados Arrarte califica como “sospecha” lo que, de la pluma de Flórez Estrada no deja de ser un mensaje clarísimo que hace al Gobierno de Londres, para que cese en sus simpatías y apoyos al iniciarse el movimiento independentista americano, que en 1810 tenía ya una fuerza considerable. Regresa Álvarez Flórez Estrada a Cádiz y allí publica en 1812 una nueva versión con el título de Examen imparcial de las disensiones de la América con la España, de los medios para su reconciliación y de la prosperidad de todas las naciones, con unos importantes agregados, por un lado relacionados con la polémica sobre el libre comercio y, por otra, sobre el ya muy evidente movimiento independentista visible en todo el continente americano del ámbito hispano. Del excelente Estudio preliminar de Luis Alfonso Martínez Cachero al tomo II de las Obras de Álvaro Flórez Estrada de la Biblioteca de Autores Españoles procede esta síntesis básica de las ideas que subyacen en el Examen imparcial mencionado: 1) El concepto del equilibrio natural, que procede de Smith; 2) Como consecuencia, la crítica al intervencionismo estatal, que pasó a exponer Flóres Estrada así: “Los gobiernos no deben intervenir en la producción, distribución o cambios de la riqueza; por cuanto el interés individual, cuanto no media violencia, privilegio o fraude, está siempre en armonía con el interés social. No es así al tratar de las contribuciones; en este caso el Gobierno debe intervenir, 8 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 pues de otro modo nadie contribuiría para subvenir a los cargos públicos, y del buen o mal sistema que se adopte depende la prosperidad o decadencia del país, y el que la renta pública sea o no suficiente para cubrir todas las atenciones del Estado”; 3) Caluroso apoyo a todo tipo de intercambios, naturalmente incluidos los típicos del comercio. La frase clave de Flórez Estrada podría ser ésta: “Lo que más distingue entre sí al hombre salvaje y (al) civilizado es que el hombre civilizado hace mas cambios de productos físicos y morales que el hombre salvaje. Desde que, por un accidente cualquiera, los cambios cesan, la vitalidad social decae... (y) la subsistencia de los individuos se va cada vez haciendo más difícil; 4) Esto lleva a la defensa de la libertad de comercio. Dice Flórez Estrada: “El comercio libre tiene por base la reciprocidad de intereses. Comprar y vender son dos acciones inseparables. Si una nación compra a otros un gran número de artículos, éstos le tomarían necesariamente una cantidad de productos de un valor igual al de los productos que ellos le hayan vendido. Una venta es imposible sin una compra de igual valor; de consiguiente, no hay compra sin venta equivalente: prohibir o entrabar la compra es prohibir o entrabar la venta”; y 5) El comercio exterior genera una gran productividad al capital empleado en él. Dice Flórez Estrada: “El error de Smith y Say proviene de no haber advertido que, cuando el comercio que se hacía entre dos pueblos de una misma nación pasa a hacerse con el extranjero, el capital empleado en aquel comercio se duplica necesariamente con otro extranjero. Tampoco es cierto, como lo afirma Smith, que el capital empleado en el comercio interior se renueva más rápidamente que el empleado en el comercio exterior; antes bien, por lo común, sucede lo contrario”. Todo esto, en el Examen imparcial, lo sintetiza así de un modo librecambista radical: “Si España, cuyas primeras materias son tan apreciadas, y a las que su misma calidad las hace exclusivas en toda Europa, concediese tanto a la importación de todos los géneros extranjeros como a la exportación de todos sus frutos una libertad absoluta, conseguiría, irremediablemente, estos dos grandes objetivos, a saber: que sus individuos trabajasen con continuación y utilidad, y que el producto de sus trabajos fuese buscado a porfía por todas las naciones comerciantes. El resultado, en este caso, por más que digan los que sólo viven a costa de abusos y del sudor de sus conciudadanos, sería la riqueza y la prosperidad general. Todos debían conocer que así sucedería, si no se persuadiesen que conviene admitir solamente ciertos artículos de comercio y desechar constantemente a otros para tener en su favor lo que llaman balanza de comercio, mas todos se equivocan groseramente. Todos se persuaden que es necesario vender aquellos artículos que valen más dinero al tiempo de la venta, y comprar sólo dinero y cuya manufacturación aumenta considerablemente su precio, para volver a venderlos a la misma nación productora. Procuremos patentizar que todas las naciones padecen en esto un error muy perjudicial, del 9 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía cual provienen todos los males que sufren las sociedades, y de cuya aclaración depende resolver el problema de esta discusión”. Dejo a un lado que, con lo dicho se muestra que todavía no había trabajado Flórez Estrada a Ricardo, y que por ello no había captado esa maravilla que es la teoría de los costes comparativos, pero sí es evidente el librecambismo que late en su obra, y que le lleva a sostener: “Si queremos hacer que renazcan (las fábricas) concédase una libertad absoluta de comerciar y asegúrese la libertad civil, y tanto la Península como América verán prosperar su agricultura, comercio e industria... Vuestra conducta en la conservación de las aduanas se asemeja a la que usan los salvajes de la Luisiana, que para coger con mas comodidad y por entero la fruta de un árbol lo cortan por el pie, y de este modo cada año tienen menos fruta y más distante del lugar de su morada. La libertad absoluta de la industria y del comercio es el único plan ventajoso con que podéis asegurar vuestra prosperidad”. Y esto porque antes había señalado que “en todas partes en donde haya una absoluta libertad de comerciar con el extranjero, los naturales, no podrán por menos de ser activos e industriosos”. De ahí que la rectificación por parte de España, tendría que ser radical. Supondría eliminar “aquel sistema restrictivo, por el que, para conservar a América bajo nuestro dominio, se monopolizó la agricultura, comercio e industria, de tan ricas posesiones, cuyo descubrimiento y conquista por este motivo, en vez de enriquecer, no sirvió sino para empobrecer y deteriorar la Península”. Por ello manifestará rotundamente que “si América en lo sucesivo hubiera de ser regida bajo un sistema tan ruinoso como lo fue hasta aquí, con justicia debería desde ahora tratar de separarse de la metrópoli. Si España no hubiese de sacar en adelante más ventajas de América que las que ha sacado hasta el presente, seguramente sería un bien para los españoles no haber hecho su conquista y no conservar por más tiempo su posesión”. De ahí que exponga críticamente Flórez Estrada: “El plan económico adoptado (por España hasta entonces) con América, (fue el ) plan que puso en contradicción los intereses de americanos y españoles, y que él solo contribuyó más que todas las otras causad, ...a la decadencia de todos los ramos de prosperidad de la nación española”. El centro de esa crítica es el capítulo IV del Examen imparcial, cuyo título, suficientemente significativo era: “Examen de la segunda causa de la decadencia de la nación española, a saber: las restricciones fuertes que sufrió el comercio de América, no sólo por la expulsión de una gran parte de los españoles, sino por la expulsión de los extranjeros”. Adelanto los argumentos de Flórez Estrada, que eran los de los alzados, sobre los que hay que volver, pero que conviene exponer previamente, porque en el fondo lo que éste pone de relieve y critica es que existían dos tipos 10 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 de españoles: los de la Península eran más importantes y debían ser tratados de mejor manera que los de América. Porque considera que no habría respuesta cuando los naturales americanos dijesen: “Si todos debemos gozar de igual protección; si la ley debe atender a que todos sean ricos o pobres y es un medio el que no se consuman géneros extranjeros o que sólo se consuman por segunda mano para que la Península no consuma tantos artículos extranjeros, y para que los americanos se enriquezcan por el comercio de comisión, usando de la misma igualdad que vosotros, pedimos el que los artículos extranjeros de vuestro consumo no puedan ser conducidos a nuestros puertos sino por comerciantes connaturalizados en América, del mismo modo que nuestros comisionistas nos los traen a nosotros. Mientras esto no sea así, ¿en dónde está esa decantada igualdad que tanto se pregona? ¿No basta que tengamos que sufrir los sufridos e irremediables costes de un flete tan caro sin que se exija hacerlo más largo y sin que se nos precise a recibir los artículos de nuestro consumo por segunda mano, que forzosamente ha de cobrar salarios a su antojo? Sólo una violencia manifiesta podrá imponernos una contribución tan onerosa que no tiene más objeto que enriquecer con insulto de nuestra miseria y de nuestras instituciones una pequeña porción de comerciantes de la Península y cuyo verdadero resultado es la ruina de los dos países. Sólo una opresión chocante podrá prohibir la concurrencia de los extranjeros, pues sin ella no es posible que vendamos nuestras producciones con la estimación que dan a todas las cosas el mayor número de compradores”. Y la causa de la queja sería que “la libre concurrencia de compradores y la facultad de vender el productor sus géneros a quien más le acomode... es un derecho inherente al derecho de propiedad, el primero y principal objeto, si no el único, a que deben atender las sociedades”. Todo esto es lo que Flórez Estrada denuncia en relación con América. La política española, que disentía de todo esto, es lo que consideraba que subyacía en “las disensiones de la América con la España”. Esta preocupación americana, no la iba a abandonar Flórez Estrada. Cuando Fernando VII, tras la derrota de Napoleón, regresa a España y decide cerrar las Cortes de Cádiz y liquidar el proceso constituyente, Flórez Estrada redactará y se editará en Londres, en 1815, en su forzoso exilio, su Presentación a S.M. Católica el Sr. D. Fernando VII en defensa de las Cortes, donde señalaba así la repercusión en América de la disolución de las Cortes: “En cuanto a la pacificación de las Américas beneficiadas con una Constitución, cuyos derechos y privilegios eran los mismos para sus naturales que los declarados y concedidos a los de la metrópoli, estaba tan cerca de verificarse, que el Gobierno de Buenos Aires, a la vuelta de V.M., creyendo que se reconocería la Constitución, había despachado comisionados con amplios poderes para tratar los convenios; pero con la noticia de la destrucción del cuerpo legislativo, suspendieron toda 11 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía negociación. No debe olvidarse –concluía Flórez Estrada- que en aquella época ya no había otras provincias levantadas, a no ser Buenos Aires y Caracas”. Desde ahí las referencias a América nunca desaparecerán de sus aportaciones. La última, ya en otro contexto, será aquella que recoge Ernest Lluch en su trabajo titulado El viaje triunfal de Cobden, a España. A sus 80 años Flórez Estrada acudió al banquete que se ofreció en Madrid a este defensor y divulgador de las tesis de David Ricardo, que era Cobden, y, sobre todo, defensor del principio básico ricardiano de los costes comparativos. Entre paréntesis, era lo que va a combatir, hasta convertirlo en el eje central de su crítica revolucionaria, junto con Singer, Raul Prebisch. Allí en el brindis, Flórez Estrada proclamó que “el hombre que dé a España el librecambio, habrá hecho mayor beneficio a su patria que Colón enseñando el camino de América”. Lo que ahora exactamente hace dos siglos, planteaba Flórez Estrada, para, evidentemente, en el fondo exponer la molestia americana, era una autocrítica de la política económica efectuada. Desde el principio, concretamente, desde la Introducción al Examen imparcial de las disensiones de América con España, no va a velar ningún motivo para ello, con el fin de que sea nítido el camino que tendría que llevar el acuerdo. Estas palabras de Flórez Estrada son muy claras en ese sentido: “En medio de las calamidades que afligían a España cuando defendía la causa de todos los hombres (en la Guerra contra Napoleón), o bien por la entrega del enemigo común de Europa (o sea, el propio Napoleón), o bien por pasiones y resentimientos de hombres inconsiderados o malignos, o bien por un efecto forzoso de la opresión en que se hallaban los pueblos de la América española (subrayado mío), o bien por la oscuridad con que todos los hombres y todas las naciones ven sus verdaderos intereses, o más bien por una concurrencia simultánea de todas estas causas, se originan los disturbios que devastan aquel hermoso hemisferio”. Por eso con esa obra pretende, porque nadie lo hace, “conciliar los dos partidos ensangrentados en una guerra civil, que si no se termina amistosamente no puede menos de exponer los dos hemisferios a caer bajo la esclavitud que ambos detestan”. De ahí que busque con su obra “presentar... los defectos cometidos por una y otra parte en una causa tan mal manejada, con el único objeto de que unos y otros procuren enmendarlos y hacer ver los medios que deben contribuir a la prosperidad de todos para que procuren adoptarlos, he aquí la única causa que me determinó a escribir el presente discurso”, porque “todo español amante de su Patria no puede menos de oír con dolor el levantamiento de algunos pueblos de América en una época en que sin sus auxilios será más difícil que la Madre Patria pueda sostener la gran causa que defiende”. Por eso, “ver devorarse en guerras civiles los individuos de una misma familia; ver derramar por los españoles mismos la sangre española, y en unas circunstancias en que la Patria tanto la necesita para resistir la opresión más dura; verlos, finalmente, debilitarse... es lo más triste y sensible para todo español que 12 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 ame de corazón a su Patria”. Creo que acierta totalmente Miguel Artola cuando sintetiza así en el Estudio preliminar a las Obras de Álvaro Flórez Estrada, para la Biblioteca de Autores Españoles, lo que dañaba por igual a América y a la industria española: “1) El gran rédito que producía a los españoles (que podían participar en él) el comercio del Nuevo Mundo”. He aquí lo que sobre esto señala el propio Flórez Estrada en esa obra inicial de 1811: “El exceso de lucro que se hacía en este comercio, no podía menos de perjudicar todos los otros ramos de prosperidad y de producir los mismos efectos que produce todo monopolio, esto es, reducir el beneficio al corto número de los que le disfrutaban y conducir a los otros ciudadanos a la mendicidad, imposibilitándolos de prosperar en los demás ramos”. “2) Las restricciones fuertes que supuso este comercio no sólo por la exclusión de una parte de los españoles, sino también por la de los extranjeros” porque “como el comerciante extranjero, igualmente que el natural es el que proporciona (un aumento de valor a todas las cosas que el hombre apetece, y que dañando este aumento de valor se puede dejar de estimular al trabajo),... en economía era un absurdo excluir al extranjero de hacer directamente ese comercio” e insistía así: “Es perjudicial al individuo español, excluir al extranjero, por la misma razón que lo es al americano, pues debiendo vender sus géneros para el mercado de América, cuanto mayor sea el número de los que hagan este comercio... nada puede estimular (más) a la industria”. Incluso escribirá lo que sigue, tras exponer la expansión económica que produjo el eliminar, a partir de Carlos III, el monopolio existente de Cádiz en la Península y Veracruz en América: “Sin embargo de los felices resultados que produjo este simulacro de libertad, que no merece otro nombre, el Gobierno español estuvo muy lejos de darle la extensión que necesitaba. La idea sola de permitir a los extranjeros el que hiciesen directamente el comercio de América, de tal modo arredraba a todos, que ninguna persona tuvo jamás valor para proponerla, ni acaso el mismo gobierno hubiera tenido suficiente energía para decretarla... Pero en una época como la actual, en que a los españoles es permitido manifestar sus ideas, no debo yo recelar exponer cuanto crea justo y conveniente al bien general. No se trata de favorecer al comercio extranjero en perjuicio del nacional; se trata de hacer ver que la prosperidad del uno no es incompatible con la felicidad del otro; se trata de manifestar que la exclusión al extranjero de concurrir al mercado de América llevando él mismo sus mercancías es perjudicialísimo a los intereses de los españoles e injusta para los americanos”. Y añade, mostrando la raíz de una lógica protesta: “Si los españoles americanos deben gozar de iguales derechos que los españoles de la Península, ¿cómo se puede privar a aquéllos de recibir de la primera mano las mercancías extranjeras que en el día reciben de los comisionistas de la Península?” 13 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía Y diría también, “3) La grande cantidad de plata traída de América a España”, porque “a proporción que España recibía más oro y plata de América, la principal y casi única mercancía que entonces tomaba en cambio de todos los artículos comerciales que se llevaban a aquel país, todo se encarecía en España. Desde entonces las primeras materias, la mano de obra y las manufacturas no podían ya concurrir con los extranjeros, y el comerciante español hallaba su interés en comprar los géneros al extranjero... La decadencia, pues, de la agricultura y de la industria era un efecto forzoso e inmediato de la carestía y ésta lo era de aquella expresión en que se creía ver la prosperidad de la nación”. Y tras una serie de argumentos avalados con datos estadísticos, concluirá: “A vista de estos datos oficiales e innegables, ¿aun habrá hombres tan egoístas y de mala fe que pretendan persuadirnos que la libertad del comercio sólo puede producir ventajas en la teoría?” La raíz de esta cuestión de algún modo la captó así Flórez Estrada: “¿Podrán los amantes de la libertad gloriarse de las operaciones de los innovadores americanos? Seamos justos y seamos consiguientes con nuestros mismos principios. Atacar al déspota y no al despotismo es dejar subsistir la raíz del mal; es querer a costa de sacrificios muy costosos abolir el despotismo bajo de una forma para consolidarlo de otra tal vez más funesta. El amante de la genuina libertad no tiene motivos para gloriarse de la conducta de los americanos, quienes hasta ahora ningún paso dieron hacia su libertad. No nos engañemos. No basta derribar al déspota que nos oprime; es necesario derrotar al mismo despotismo, pero cimentar las nuevas reformas por actos que le constituyen, es el medio más opuesto al intento. No nos dejemos seducir de una imaginación acalorada por los sentimientos mismos de libertad y de justicia contra los horrores cometidos por los actuales déspotas, creyéndoles los únicos hombres capaces de cometerlos. Convenzámonos ya que todos los hombres son déspotas cuando lo pueden ser impunemente. La conducta de los americanos hasta el presente no fue otra que atacar déspotas a déspotas... El remedio no debe buscarse en la calidad del gobernante, sino en la calidad del gobierno. Debe convencernos de cuan peligroso suele ser echar mano para el mando político de personas osadas, astutas y de gran reputación militar, cuya educación nunca fue otra que obedecer ciegamente o marchar sin más regla que su capricho. Por último, debe hacernos ver cuán fácil es que hombres de esas calidades, buscados de intento para ser los defensores de la patria, se convierten en señores de ella. Caracas, sobre todo, a quien tanto pueden convenir estas reflexiones, no debe echar en olvido ninguna, y aunque en la autoridad progresen, puede que algún día se arrepientan, no conociendo sino para llorarle, que es muy común que semejantes aventureros sean los únicos que lleven todo el fruto de una revolución costosa, convirtiéndose en agresores los que antes pretextaban defender la libertad”. Es mucho de lo que se ha visto después y hasta ahora mismo en Caracas. 14 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 Pero no sólo Flórez Estrada, hace ahora exactamente dos siglos, se ocupó de cuestiones económicas. No dejó incluso de captar lo que sucedía en Buenos Aires. Me permito, aunque los hechos son bien conocidos, transcribir lo que exactamente señala sobre lo que el 25 de mayo de 2010 los argentinos conmemoraron en su segundo centenario. Primero, con un talante bastante crítico se refiere a la sublevación de Caracas. He aquí cómo contempla el alzamiento de esta provincia: “El bergantín particular llamado “Nuestra Señora del Carmen” llega a Puerto Cabello el 14 de abril (de 1810) y al día siguiente se reciben en Caracas las cartas particulares que había llevado y se extienden las noticias de los desgraciados sucesos de la Península. Los que se hallaban resentidos de las antiguas autoridades y los amigos de novedades, cuyo número en Caracas era abundante, conociendo que aquella era la ocasión de poder impunemente dar principio al plan que mucho tiempo antes meditaban, bajo el plausible pretexto de atender al bien público, tratan de introducir las innovaciones que les dictaban sus pasiones y no las reformas que exigían la justicia y la fraternidad. El 17 de abril, por la noche, llegó a La Guayra un correo del Gobierno español, y el 18, por la mañana, todo el pueblo estaba ya enterado del establecimiento de la regencia, cuya noticia constaba por los papeles de oficio, por las correspondencias particulares y por la deposición del comisionado. A pesar de estas noticias y de que el motivo que hasta entonces habían alegado los descontentos para tumultuar al pueblo en la absoluta ruina y anarquía de la metrópoli, teniendo aquellos sobornado o persuadido a entrar en su partido a los principales jefes de la tropa, ésta, el 19 por la mañana al tiempo de entrar Oficios divinos en la Catedral, el general don Vicente Emparán amenazándole con la muerte si intentaba resistirse, le condujo a la Casa Consistorial, en donde estaban ya reunidos los vocales del Cabildo secular, principales autores de todo lo ocurrido. Allí se le obligó por la fuerza a que renuncie al mando, cuya renuncia es la prueba más convincente de la violencia con que se obraba, y por medio de la cual se procuraba alucinar al pueblo... Destituidas todas las anteriores autoridades del mando, se depositó éste en el Ayuntamiento, mientras toda la provincia nombraba diputados que formasen el gobierno... (Esta) nueva Junta... desde el primer día, para atraer partidarios a su causa, dio a los militares grados sin economía; contrató empleos que estaban previstos; creó ministerios más por orgullo que por necesidad; finalmente practicó cuanto podía contribuir a que fuese un país enteramente independiente, o que, cuando menos, retardaría el que aquella provincia volviese a unirse a la Madre Patria... No contentos los de Caracas con levantar aquella capital para separarla de la Madre Patria, trataron de levantar los demás pueblos y provincias inmediatamente, por medio de amenazas... Si aquel pueblo tenía un derecho para mudar su gobierno, por consentimiento de la mayoría de sus naturales y hacer las reformas que creía convenientes, igual derecho debían tener los demás pueblos para abrazar el partido que les acomodase. Obligarles, pues, por la fuerza o por la seducción a entrar en su 15 VELARDE FUENTES, Juan. La búsqueda de una explicación de la ruptura con América desde la economía causa era una violencia real y valerse del mismo medio que destruía el fundamento que ellos podían buscar para establecer su libertad”. Inmediatamente a continuación escribe exactamente esta versión que tenía de lo ocurrido en Buenos Aires: “Aunque desde un aspecto más franco y generoso, y en un principio con todos los caracteres de justo, al levantamiento de Caracas se siguió el de Buenos Aires. Habiéndose sabido en aquella ciudad por una embarcación procedente de Málaga, antes que se recibiese de oficio la instalación de la Regencia, los sucesos de la Península, y que aquélla no había sido reconocida por la Junta de Cádiz, el Cabildo convocó al pueblo el 22 de mayo. Después de una larga discusión se acordó que la autoridad del Virrey quedase subrrogada en una Junta Provincial de Gobierno que interin se formaba una elegida por los diputados que debían ser convocados y venir de todas las provincias del virreinato, exigiendo de sus individuos juramento de subordinación al futuro gobierno de la Península que legítimamente representase a su rey cautivo... En tales circunstancias nadie sin duda podía haberse determinado ni con más moderación, ni con más justicia”, pero, en ese mismo documento se señala la existencia de un factor irritativo que acabará justificando la ruptura. Dice así Flórez Estrada: “Si el Gobierno de la Junta Central hubiera sido tan sabio y tan justo en todas sus providencias, como lo fue en el Decreto relativo a determinar el número de representantes que señaló tanto para la Península como para la América, ciertamente serían infundadas todas las quejas que de él queremos formar, por más que los que predican en favor de la insurrección americana nos digan que este Gobierno sólo en palabras concedía a los americanos la libertad, cuando lo impedía en las obras. ¿Qué son 24 representantes concedidos a la América que tiene 12 millones de habitantes –o sea, 1 por 500.000-, cuando a la Metrópoli se le concede uno por cada 50.000 a lo más? ¿Es ésta la igualdad, la independencia y lo que le correspondía, siendo aquellos dominios para parte integrante de la Nación? ¿Quién ha tratado de dar a los americanos la libertad que merecen?” Se observa pues ahí, con claridad, el talante de crítica hacia un lado y otro que empapa esta obra de Flórez Estrada, y que él, al final de su Parte II explica así: “El objeto de mi obra no es otro que la reconciliación de americanos y españoles y como para conseguirla el único medio es hacer ver que sus intereses no están en oposición, me ceñiré a hablar sólo de las causas que contribuyeron a dividirlos o, por mejor decir, del sistema que los puso en contradicción; y que por un efecto forzoso produjo la ruina de todos... Hablaré... de aquellas causas que las personas aun de más probidad y luces no conocen tan comúnmente, esto es, de aquel sistema restrictivo, por el que, para conservar a América bajo nuestro dominio, se monopolizó la agricultura, comercio e industria de tan ricas posesiones, cuyo descubrimiento y conquista por este motivo, en vez de empecer, no sirvió sino para empobrecer y deteriorar la Península”. 16 Revista Hispanoamericana, 2011, nº 1 * * * * A lo largo de estos doscientos años, entre la América hispana y España ha habido encuentros y desencuentros múltiples. Ahora, en estos momentos, parece que ha llegado el momento de recoger unas palabras que allá en Inglaterra estampó en este Examen Imparcial aquel gran economista que fue Álvaro Flórez Estrada: recordemos que por la Academie de Sciences Morales et Politiques de Francia fue elegido en 1852 para cubrir la vacante provocada por el fallecimiento de Bastiat, con el respaldo de aquellos importantes miembros de la Escuela Economista que fueron Blanqui y Joseph Garnier. Unas palabras que considero muy importantes: “Olvidemos todo lo pasado; un nuevo orden de cosas con precisión debe variar todo nuestro sistema. Olvidemos para siempre un lenguaje que nos ofenda; adoptemos el más conforme al interés de todos...” porque no debemos dejarnos “seducir por aquellos que interesados en la ruina de todos nosotros... sólo... hablan de felicidades imaginarias que... resultarán de nuestra desunión”. 17